Tradición y superstición: el genio en el ropero familiar

Tradición y superstición: el genio en el ropero familiar

Por Karuna Riazi 

En este breve ensayo, la autora de “Desafío de sangre y arena” reflexiona sobre el papel que juegan los genios en el folklore del mundo árabe. Y de cómo la influencia de este personaje la llevó a imaginar la trama de Desafío…

Casi todo el mundo tiene uno en la familia: un ropero. Y un encuentro con un jinn o genio.

Si todavía no tuviste uno, siempre hay un tío, cuñada o primo que tuvo el placer o la desgracia de ver un genio cara a cara.

Una mujer se rompe la pierna, por el crimen de sentarse en su propio sillón y sobre la pierna extendida de un jinn que estaba descansando allí. (Ojo por ojo, de la manera más terrorífica).

El esposo moribundo de una mujer insiste en que ella lo engaña porque a menudo ve a alguien flotando alrededor de ella, siempre tratando de tironearla; y nadie ve nada o a nadie, pero muchos meses después y en una oportuna sesión de exorcismo revelan que el espíritu estaba acechando a la mujer desde hace años.

La madre de un amigo de la infancia vio un ente vestido de blanco sentado en el cielorraso mientras un miembro de la familia peleaba contra una enfermedad terminal —y, al día de hoy, recuerda todavía la expresión grotesca y expectante de aquello que (fuera lo fuese) estaba arrinconado allí, esperando, mirando…

Desde una edad temprana, yo tuve una percepción clara de la discrepancia que existía entre el jinn que yo veía representado en los medios Occidentales —esos seres sonrientes, gigantes, que de alguna manera aparecían desde lámparas de aceite y que estaban asociados con las tramas argumentales de Disney, muy edulcoradas y un poco insultantes— y esos genios de los que yo había oído hablar, rodeada de mis amigos en habitaciones infantiles iluminadas por las velas, lista para emprender la huida hacia la habitación de mi madre apenas la llama de la vela comenzara a temblar por obra de una improbable brisa.

Dentro de mi familia extendida, con todos los primos, teníamos una tradición particular que se jugaba en la frescura del atardecer bengalí: un juego al que siempre y solamente nos referimos como Fantasma Fantasma. No estoy muy segura cuál de los primos mayores lo inventó y quién dedicó su tiempo a formular sus reglas, relativamente simples: todos se sientan juntos en un cuarto oscuro, y vos tratás de agarrar a cualquiera que intente asustarte haciéndose pasar por un fantasma.

El juego en sí mismo no tiene tanto de divertido, son las sensaciones y lo que ocurre mientras lo jugás lo entretenido. Un primo menor salta de un lado del cuarto en donde no había nadie más hace unos minutos, diciendo a los gritos que alguien le agarró los tobillos. La trenza de una prima es jalada por dedos invisibles. Nadie asume responsabilidad. Todos se apresuran a encender las luces. Nunca aparece un culpable, pero esa palabra (ese saber) siempre flota en los bordes de las cortinas movedizas, la risa insegura y los ojos lagrimosos de quien necesita ser consolado antes de jugar otra ronda.

Las mil y una noches —la versión original, si bien rebajada para convertirla en el tesoro de la infancia que era una de mis posesiones más preciadas a los diez o doce años— casi reflejaba lo que yo entendía que era un genio en sus historias y en nuestros juegos: terrible, maravilloso, fuerte, creado tal como nosotros, pero en un plano diferente y en una existencia muy diferente a lo que podríamos nunca imaginar.

Las mil y una noches reflejaba lo que yo entendía que era un genio en sus historias y en nuestros juegos: terrible, maravilloso, fuerte, creado tal como nosotros, pero en un plano diferente y en una existencia muy diferente a lo que podríamos nunca imaginar.

 

Y esos lapsos de conciencia, esos lugares intermedios entre los textos sagrados y la imaginería, nos asustaba.

Parte de mis ancestros vienen de una de las regiones más supersticiosas dentro del mundo dela cultura islámica, si hay que creer a las encuestas. Crecer con amigos de Indonesia y Malasia, lugares famosos por su fijación con el mundo oculto y por sus intensas historias relacionadas con los cruces entre el otro mundo y el nuestro, me brindó un terreno muy fértil para plantar las semillas de la curiosidad y la fascinación. El jinn y su dominio en nuestro folklore—y, al mismo tiempo, su apropiación muy efectiva por el Orientalismo y el borramiento de su autenticidad— asomó en casi todas las ideas que contemplé recientemente.

Hay mucho relacionado con los jinn que no ha sido tratado todavía —para ser honesta, quizás debería decir que mi obsesión es con esas narrativas en las que se mezclan sus historias con las nuestras, ya sea en la maravilla de los supuestos romances entre humanos y genios, o las de los jinn entrometiéndose en romances humanos, o en el sentido de ser perseguida y vigilada por alguien de otra dimensión en tu propia casa, sin posibilidad alguna de defensa.

Todo el mundo tiene una razón para temerlos.

A los jinn, claro, no a los roperos.

Vi el film original El exorcista el año pasado, a la noche, en ese gotear gris y sin alegría de diciembre —toda la atmósfera equivocada. Me fui a la cama y me puse varias mantas sobre la cabeza y traté de espantar a fuerza de parpadeos, las imágenes que seguían detrás de mis párpados, y esa sensación muy inconfortable en el más profundo sedimento de mi médula: la sensación de que el cuerpo es falible, que todo lo que llamás personalidad puede serte arrancado, pervertido y mancillado y, Dios mío, te pueden hacer caminar para atrás como un cangrejo por unas escaleras que se parecían mucho a las de mi propia casa. Cuando se trata del miedo, soy una criatura muy primitiva, pero nada me hace agarrarme a los rincones de mi alma como la idea de la posesión.

Demasiadas historias de jinn, demasiadas leyendas aleccionadoras sobre dejar la puerta abierta para que entren en tu alma. Demasiadas historias sobre posesiones, posesiones reales donde la gente se retuerce y sus almas les son arrancadas de bajo las suelas de sus pies, en las que hablás en lenguas y tu familia no puede reconocer tu voz y donde la idea que un jinn tiene del amor y romance es instalarse lo más cerca posible de tu corazón latiendo, para que lo puedas sentir correr por tus venas.

Todo el mundo tiene historias, sabés.

Y casi ninguna de ellas termina bien.

Es crucial notar que el los jinn no son de una sola varieadad: esto incluye a los que tienen y no tienen alas, los que prefieren reptar por las paredes bajo la forma de arañas… los que son decididamente malvados, orgullosos y usan su dominio en una dimensión paralela que nos es oculta, usan también las limitaciones del ser humano para librar contra nosotros una guerra por el pecado de ser criaturas; y también están aquellos que eligen inclinar su cabeza al mismo poder superior que veneran los musulmanes, que solo ofrecen retaliación cuando son maltratados y hasta pueden demostrar actos de benevolencia.

Un amigo me dijo hace poco que, en su compresión del Islam —es de Tanzania— hay jinn que te cuidan y se hacen cargo de defender la casa una familia. Aprendemos, desde una edad temprana, sobre el gran rey profeta Sulaiman, que tenía alrededor suyo guardias cuyo ser estaba compuesto de fuego sin humo, y que logró grandes hazañas: atraer hacia su palacio, a miles de kilómetros, el trono de la reina de Sheba,o fabricar un piso que parecía estar hecho de agua utilizando vidrio común.

Y claro, volviendo a las Mil y una noches que capturaron mi imaginación tan temprano, está el (auténtico, de la china musulmana) famoso Aladdin y el jinn que le jura lealtad una vez que posee la lámpara mágica y le construye un palacio, ayudándolo a conquistar una esposa y finalmente volviéndose contra él una vez que el villano de la historia se hace con la posesión de lo que Aladino había conquistado.

Es interesante ver cuántas historias diferentes que involucran genios hay en el mundo islámico, y cómo cambian de forma y toman nuevas motivaciones mientras movés los dedos por el mapa del mundo—y cómo a veces, hasta la más gentil de estas criaturas se les presenta la oportunidad de hacer daño a sus indefensos contrincantes humanos.

 

(Un instructor en la masjid local le advirtió a los chicos de la escuela dominical para que no cruzaran las líneas de la alfombra que están diseñadas para que los fieles formen fila; aún cuando vieran que nadie estuviera rezando. Ella había escuchado en su Guyana natal sobre jinns que, enfurecidos por la falta de respeto de los humanos, habían castigado a los desprevenidos paseantes con trágicas enfermedades del cuerpo y de la mente. Para algunos, no se puede confiar ni siquiera en los genios benéficos, por el solo hecho de su naturaleza irascible y su condición).

Todos tienen sus maneras de evitarlos.

No los mires.

No pidas encontrarte con uno.

Hace poco, tentada por el sol de la tarde y la confianza de su caricia sobre mi hombro, me senté en mi escritorio. En una discusión online saqué el tema de los jinn —y muy rápido recibí un mensaje privado de un joven bloguero que me advertía tener cuidado con decir la palabra jinn en cualquier situación. “Cuando hablás de un jinn, ellos vienen a escuchar qué se dice,” insistió.

Esa regla era nueva para mí, pero eso no me impidió ponerme a mirar furtivamente hacia los rincones de mi habitación, dándome cuenta que había sido la luz del día lo que me dio coraje de hablar libremente del ghayb—lo oculto, lo desconocido—y que con la huida de la luz también se habían retirado mis ganas y mi coraje de hurgar en las sombras y no preocuparme de cómo crecían y aumentaban su tamaño.

Todo el mundo tiene uno, después de todo.

UN ropero, y el encuentro con un jinn .

Y si hay algo para aprender luego del cuento, es que —fuera de los maravillosos conjuros de las Mil y una noches— no querés ser el próximo protagonista de un cuento ejemplificador.

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